Aunque no soy católico, me agrada el papa Francisco. No dudo que su llamado al amor y a la tolerancia llegará al corazón de muchos católicos sinceros. Sin embargo, me asalta esta pregunta: ¿Será suficiente la voluntad de un sólo hombre para dar un nuevo rumbo a la maquinaria católica? Si él es sincero, sólo Dios lo sabe. A mí me parece que sí. Pero hoy por hoy la Iglesia Católica Romana es una institución decadente y poco confiable. Y no es para menos, pues lleva 1600 años errando en su interpretación de la Biblia. Ha tratado de mantener su poder por medio de pactos inmorales con los gobernantes seglares (Sacro Imperio Romano, Pactos de Letrán, alianza con Hitler y los nacionalsocialistas) e incluso cuando tuvo la oportunidad estableció su propio régimen de terror (Cruzadas y “Guerras santas”, Inquisición en Europa y América). Si bien nunca es tarde para cambiar, al presente la Iglesia no tiene autoridad moral para solicitar de sus feligreses tolerancia y respeto, pues ella misma derramó sangre inocente en inmensa cantidad y apoyó a otros que hacían lo mismo. Mi opinión, en conformidad con lo escrito en el capítulo XVIII del Apocalipsis, es que el destino de la Iglesia Católica –así como el de todas las religiones que han imitado su mal ejemplo– ya está escrito: debe desaparecer y va a desaparecer.