La última vez que le vi a los ojos, creí leer palabras en ellos. De hecho, una frase parecía haber sido escrita en sus pupilas, fijas en mí: “Si tú supieras lo que yo sé”. Y sus iris, de tono más bien pálido, es decir, poco iluminados debido a su estado de ánimo en aquel momento, se dirigían a mí en términos semejantes: “Es necesario que sepas lo que yo sé”. Sus ojos ligeramente entornados dejaban ver incertidumbre en su alma y en la expresión de su rostro no estaba ausente la compasión… Tales fueron las impresiones que recibí cuando nuestras miradas se cruzaron al momento de despedirnos.