A mi modo de ver, la matemática, tomada puramente como objeto de estudio, es interesante sólo mientras se aprenden sus conceptos precisos y sus procedimientos rigurosos; es decir, resulta fascinante solamente en el transcurso del aprendizaje de su técnica. Dominada esta, y pasado ya ese “primer amor”, se vuelve monótona y aburrida. Esto hace necesario que se aplique a la solución de problemas prácticos y cotidianos, a fin de cumplir objetivos más elevados que llenar una pizarra o un papel con símbolos y números (que en último son símbolos) fríos y abstractos. Pero en este caso ya no hablamos de la matemática como un objeto de estudio en sí misma, sino como lo que realmente es: una herramienta -un medio- para la consecución de un fin. De nuevo y sólo así toma aquélla su antiguo carácter primoroso.

Así, el cálculo (diferencial e integral), la geometría analítica, el álgebra lineal, la trigonometría, etc., son herramientas que nos llevan a lo que verdaderamente nos interesa como ingenieros: el estudio de las ecuaciones diferenciales. Éstas nos permiten interactuar con el mundo real. Nos permiten MODELAR sistemas físicos, ESTUDAR los fenómenos involucrados en dichos sistemas e INVESTIGAR aplicaciones para dicho fenómeno, que pretendemos controlar mediante cualesquier técnica o procedimiento científico. En suma, las ecuaciones diferenciales, como el campo más elevado de la matemática, nos permiten DISEÑAR sistemas (mecánicos, eléctricos, electrónicos, etc.) destinados a solventar necesidades específicas, basados los fenómenos físicos previamente estudiados y analizados.