La madre de mi amiga se enteraba de todas las cosas que ella hacía. “Es que yo le cuento todo a ella”, me decía siempre.

A menudo me veía solas con mi amiga, en su casa o en cualquier otro lugar. Nunca había entrado a su habitación. Pero un día entré…

Aquel cuarto era pequeño. Su piso estaba cubierto por una alfombra verde. Las paredes estaban pintadas de negro. Las puertas de entrada y del clóset eran de hierro con remaches. Las ventanas estaban recubiertas con un plástico rojo oscuro que daba igual color a la luz que por allí se filtraba.

El lecho estaba cubierto con una colcha cuyo estampado le hacía simular una tumba enchapada con cerámica color gris plomizo. La cabeza del lecho pegaba con una de las paredes, sobre las cuales había una cruz invertida y algunas frases escritas en inglés con letra gótica.

Dos candelas grandes daban un poco de luz a la habitación. En una de las esquinas, del techo colgaba una soga. Había cuadros que representaban escenas del Mal y del Diablo. Otros representaban gatos negros con ojos rojos que parecían mirar al que entrara en la habitación. Había un cuadro más.

Se había se había pintado con carbón sobre papel amarillo. Había en él una cama, y sobre ella un hombre acostado, enfermo, cubierto por sábanas. Dos personas en pie lo miraban con rostros angustiados. Al pie de la cama estaba la Muerte, vestida con traje negro mirando fijamente al moribundo, y sosteniendo en su mano un reloj de arena, que indicaba que el tiempo se había acabado…

Un olor a incienso me mareaba. Quería salir de allí. Tal vista me deprimía. Me quedé dormido sin saber que fue de mí durante varias horas.

Pronto mi amiga se enteró de muchas de las cosas que en otras circunstancias no hubiera relatado a nadie y ni siquiera hubiera escrito para conservarlas como secretos, por temor de que alguien las viese y tuviera que afrontar la humillación y la vergüenza de su descubrimiento.

                    

La madre de mi amiga era capaz de producir un profundo trance hipnótico en su hija para hacer que esta le contara todo lo que hacía durante el día, sin ocultar una sola palabra. Tal desconfianza le tenía.

Mi amiga, sin darse cuenta de ello, podía hacer lo mismo con cualquiera que entrara a su cuarto, y yo fui su blanco. Ella me contó que había hecho muchas confesiones. Desde entonces no la he visto, ni espero verla más…