Me desperté-a una hora tardía desde el punto de vista de la linealidad de la noche, pero temprana desde la perspectiva de la circularidad de los días-sin tener conocimiento de cuál era la fuente de la luz que, pese a tener cerrados los ojos, no escapaba de mi vista.

            No podía siquiera saber si era luz propiamente dicha, o si era sólo una sensación. Me invadía la duda, ¿habría amanecido ya?, o ¿estaría dormido aún, soñando uno de esos sueños en los que todas las cosas se convierten en una sola-luz, por ejemplo- para saber al despertar que el tiempo corre a la velocidad de esta y no hay espejo que lo refleje ni prisma que lo refracte?

            Desconcertado, decidí abrir los ojos. El primer resplandor irritó mi vista. Después, poco a poco, me acostumbré a la claridad, y entonces comprendí todo: me había acostado y dormido sin apagar la luz.