Es maravilloso. Excepcional, sin duda. Una obra maestra. Desde su primer movimiento, compuesto sobre la base de solamente dos temas principales y haciendo uso de la forma de sonata, hasta el rondó final, virtuoso, triunfante.
            La prodigiosa cadencia con que inicia el concierto anuncia una obra de carácter monumental, épico. La orquesta adquiere en esta obra un protagonismo sin precedentes, de tal suerte que algunos han llamado a la obra entera “sinfonía con piano”. Y verdaderamente lo es.
            Para 1809, época en que compuso este concierto, Beethoven se hallaba en Viena, oculto en el sótano de la casa de su hermano, procurando escapar del ambiente tumultuoso del exterior.
            Las tropas napoleónicas habían invadido la ciudad. Imaginemos el efecto que esto causara en el compositor. Dejemos que él mismo nos cuente: “El desarrollo entero del asunto ha tenido efecto tanto en mi cuerpo como en mi alma -dijo a su publicador- ¡Qué vida tan destructiva y desolada me rodea! ¡Nada más que tambores, cañones y sufrimiento humano de toda clase!”
            Esta atmósfera convulsa se percibe claramente en el primer movimiento. Podemos imaginarnos las tropas enemigas marchando hacia la ciudad, en un tema compuesto por corcheas separadas por silencios, el cual posee toda la fuerza de una marcha militar.
            Pero desde el mismo comienzo del movimiento la obra crece en intensidad. Primero los poderosos tutti de la orquesta, para dar paso después a una sección donde el piano es amo y señor de la escena.
            Todo aquello desemboca en una sección central sumamente turbulenta, sin duda reflejo del ánimo atormentado del músico, que tras haber presentado síntomas de sordera irreversible, ahora se enfrentaba a la posibilidad de perder todo aquello que lo rodeaba, incluso su vida misma.
            Es asombrosa la interacción entre el piano y la orquesta justo en la mitad del movimiento, cuando la expresión desesperada en máxima, como si la ciudad entera cayese tomada y destruida en ese mismo memento, y todo lo que hay dentro con ella.
            Destacan la brevedad de los temas, su alternancia y repetición, la fuerza, el dramatismo, y después, el decrescendo con que desaparece de la escena, dejando una sombra a su paso que será difícil, si no imposible borrar.
            Aquel mismo tema se repite más hacia el final de este movimiento, en tanto y durante toda la extensión del mismo, el piano hace gala de una delicadez exquisita, ejecutando temas “acaracolados”, graciosos, profundos. Temas que expresa de una forma solemne aunque también violenta y explícita los sentimientos de autor.
            Temas que se repiten sin cansar al que oye, por sus continuos cambios en el ritmo o el acompañamiento, para crear en cada momento una idea y una experiencia nuevas, de la manera como sólo Beethoven supo hacerlo.
            Hacia el final del movimiento se retoma la idea turbulenta central y el tema-marcha. La conclusión del movimiento se ve venir. Se escuchan entonces acordes en el piano como no se los oye en ninguna otra parte del concierto. Es posible presagiar un final triunfante, feliz.
            El virtuosismo del intérprete se pone a prueba en esta parte final, donde todos los sentimientos anteriores se arremolinan y conjugasen una sola idea que precipita al espectador en la conmoción, presa de un arrebato tal como si su vida misma acabase con el fin del movimiento, tal es el efecto de su final. Tan poderosa es la obra entera.
           
            Ahora el silencio es el que domina, pero no por mucho tiempo… ¿qué vendrá después? Las cuerdas hacen una suave aparición, anunciando un clima mucho más sosegado que el del movimiento anterior. Sus acordes envuelven y seducen.
            Después, la aparece el solista como entre “humo”. Una aparición sobria, reposada, diríase más bien solemne, exquisita, casi espiritual. Invade todo con su sonido, transporta el alma a la meditación, penetra en el interior de la mente y el corazón y envuelve, hace de quien la escucha su presa, sin que haya por parte de quien es capturado deseos de liberarse de tan deliciosa posesión.
            Aquel tema callado se repite, casi produce hipnosis. Poco a poco va creciendo en intensidad, en fuerza, en matices. No por ello deja de ser sobrio y delicado. Transporta la mente de una manera más poderosa aún que el primer movimiento.
            No produce miedo, al menos no por su ausencia de agitación tanto como por un sentimiento estático y congelante que causa cierta desesperación. ¿Se repetirán los horrores precedentes? ¿Por qué causa hay dolor en el alma? ¿Es que no hay respuesta para estas preguntas?
            Todo parece tan calmado, tan quieto. Como un paisaje sin seres movientes; árboles sin hojas, esperando que llegue la primavera para florecer… Un río congelado, montañas desoladas y noche eterna.
            Ahora aquellos sonidos cambian en ritmo, aumentan su velocidad, aunque los tonos fundamentales permanecen invariables. Pronto aquel adagio se convierte en una attacca, entonces sentimientos hasta ese entonces se revelan con el desarrollo de aquellas suaves y sugestivas notas, que figuran entre las más bellas de la obra entera y del repertorio beethoveniano.
            Al fin parece haberse hallado la llave del asunto: pueden perderse muchas cosas, pero la vida es una posesión invaluable. Ahora se presagia un sentido nuevo. Los terrores previos han finalizado. “¡Aún estamos vivos!” La pieza se torna en…felicidad por mantenerse vivo, un canto de joie-de-vivre.
            El tercer y último movimiento ha comenzado. Es un rodó poderoso que expresa brillantemente y en medio de un virtuosismo exquisito la alegría que acaba de hallarse.
            Es un movimiento en forma de sonata. Triunfante, concluyente, una auténtica obra de arte. La pieza aumenta en ímpetu y transmite al oyente toda la energía de un espíritu rejuvenecido, hecho nuevo a base de hallar un propósito en la vida, la cual estuvo en peligro pero se conservó.
            Para todos los que gustamos de la música clásica, y en especial para los que hallamos en Beethoven a su máximo exponente (aunque hallamos en él la transición hacia el “romanticismo”) este concierto (número 5 en mi bemol mayor opus 73) permanece como obra colosal y magnífica, eterna.