Aunque no soy católico, me agrada el papa Francisco. No dudo que su llamado al amor y a la tolerancia llegará al corazón de muchos católicos sinceros. Sin embargo, me asalta esta pregunta: ¿Será suficiente la voluntad de un sólo hombre para dar un nuevo rumbo a la maquinaria católica? Si él es sincero, sólo Dios lo sabe. A mí me parece que sí. Pero hoy por hoy la Iglesia Católica Romana es una institución decadente y poco confiable. Y no es para menos, pues lleva 1600 años errando en su interpretación de la Biblia. Ha tratado de mantener su poder por medio de pactos inmorales con los gobernantes seglares (Sacro Imperio Romano, Pactos de Letrán, alianza con Hitler y los nacionalsocialistas) e incluso cuando tuvo la oportunidad estableció su propio régimen de terror (Cruzadas y “Guerras santas”, Inquisición en Europa y América). Si bien nunca es tarde para cambiar, al presente la Iglesia no tiene autoridad moral para solicitar de sus feligreses tolerancia y respeto, pues ella misma derramó sangre inocente en inmensa cantidad y apoyó a otros que hacían lo mismo. Mi opinión, en conformidad con lo escrito en el capítulo XVIII del Apocalipsis, es que el destino de la Iglesia Católica –así como el de todas las religiones que han imitado su mal ejemplo– ya está escrito: debe desaparecer y va a desaparecer.

Aunque fue darvinista (exaltando por ende la prevalencia del más fuerte), el fascismo italiano no fue racista; fue corporativista en lo social y dirigista en lo económico; dictatorial, autoritario y militarista, eso sí, pero nunca aleccionó a sus partidarios a perseguir a los de otra raza. El componente racista y discriminatorio del nacionalismo “fascista” fue introducido por los alemanes vía el Nacionalsocialismo. Estos, a su vez, basaron sus ideas en los estudios pseudocientíficos de los frenólogos alemanes. En apoyo a esto, valgan las palabras de Mussolini, quien declaró que “los alemanes acabarán por estropear nuestra idea”. Prueba de ello es que la persecución sistemática de ciertas minorías no se dio en Italia sino después que los nacionalsocialistas tomaran dicho país. Así que el fascismo italiano merece una segunda oportunidad. Todo padre que ama a sus hijos comete errores al educarlos. Pero porque desea su bien, a veces es duro y exige disciplina severa. Igualmente ha de ser el Estado. En palabras del Duce: “El Estado es el pueblo. El pueblo es el Estado. Todo en el Estado. Nada fuera del Estado. Nada contra el Estado”. Actio militia conscenderit!!

La última vez que le vi a los ojos, creí leer palabras en ellos. De hecho, una frase parecía haber sido escrita en sus pupilas, fijas en mí: “Si tú supieras lo que yo sé”. Y sus iris, de tono más bien pálido, es decir, poco iluminados debido a su estado de ánimo en aquel momento, se dirigían a mí en términos semejantes: “Es necesario que sepas lo que yo sé”. Sus ojos ligeramente entornados dejaban ver incertidumbre en su alma y en la expresión de su rostro no estaba ausente la compasión… Tales fueron las impresiones que recibí cuando nuestras miradas se cruzaron al momento de despedirnos.

Me siento orgulloso de ser hispanohablante. Amo mi lengua materna por encima de cualquier otra. Considero el castellano como la lengua más bella que dio a luz el latín cuando se mezcló con los diversos idiomas hablados en las distintas provincias del antiguo Imperio Romano. Y aunque el español que hablamos en Costa Rica difiere ligeramente del que se habla en España (el castellano en sentido estricto), en nuestro país –y también en Colombia– se ha hablado tradicionalmente muy buen español, por lo que la satisfacción es doble.

Hablemos del Bien sin tratar de dar una definición precisa de lo que es. Evitemos personificarlo, enumerar sus características, o las que debería presentar cualquier acción para ser considerada como “buena”. Más aún, abstengámonos de especular sobre su campo de acción o sobre los efectos deseables para su caracterización en cualesquier ámbito. Hablemos ahora del Mal, al que restringiremos del mismo modo. Baste por el momento con decir, que las manifestaciones de ambos en un momento y caso dado son mutuamente excluyentes. Aplicando el principio hermético de dualidad, podemos decir que Bien y Mal son uno e inseparables, y que la naturaleza de ambos es en cierto modo la misma, pues la manifestación de uno implica la ausencia del otro en el mismo plano, tiempo o lugar, sin perjuicio de que con ello existan derivaciones colaterales de cualquiera de ellos que coexistan con la dualidad central. Así como infinitas rectas directrices que son tangentes a una curva generatriz independiente forman una superficie en el espacio, en la que cada punto, sin importar su ubicación, puede relacionarse directamente con la curva generatriz mediante ecuaciones matemáticas, así también existe una dualidad principal que es origen y término de todas estas derivaciones a que aludimos, sin que en este caso podamos establecer una relación paso a paso, predictiva y verificable de dichos estadios. Una consecuencia de esta relación, una vez que se ha llevado al plano de la conciencia, es que el bien es más una creación de la consciencia que una realidad en sí mismo, e idénticamente sucedería con el mal, así como con las demás infinitas gradaciones del par hermético que por conveniencia hemos definido. No hay entonces nada completamente malo o bueno, ni nada que lo sea en todo momento, lugar y circunstancia. Lo que son las distintas gradaciones son meras expresiones de la conciencia particular de su creador, según como furon visualizadas por su plano consciente en ese momento, y propagadas a través de otros planos, quizá hasta de manera inconsciente.

A mi modo de ver, la matemática, tomada puramente como objeto de estudio, es interesante sólo mientras se aprenden sus conceptos precisos y sus procedimientos rigurosos; es decir, resulta fascinante solamente en el transcurso del aprendizaje de su técnica. Dominada esta, y pasado ya ese “primer amor”, se vuelve monótona y aburrida. Esto hace necesario que se aplique a la solución de problemas prácticos y cotidianos, a fin de cumplir objetivos más elevados que llenar una pizarra o un papel con símbolos y números (que en último son símbolos) fríos y abstractos. Pero en este caso ya no hablamos de la matemática como un objeto de estudio en sí misma, sino como lo que realmente es: una herramienta -un medio- para la consecución de un fin. De nuevo y sólo así toma aquélla su antiguo carácter primoroso.

Así, el cálculo (diferencial e integral), la geometría analítica, el álgebra lineal, la trigonometría, etc., son herramientas que nos llevan a lo que verdaderamente nos interesa como ingenieros: el estudio de las ecuaciones diferenciales. Éstas nos permiten interactuar con el mundo real. Nos permiten MODELAR sistemas físicos, ESTUDAR los fenómenos involucrados en dichos sistemas e INVESTIGAR aplicaciones para dicho fenómeno, que pretendemos controlar mediante cualesquier técnica o procedimiento científico. En suma, las ecuaciones diferenciales, como el campo más elevado de la matemática, nos permiten DISEÑAR sistemas (mecánicos, eléctricos, electrónicos, etc.) destinados a solventar necesidades específicas, basados los fenómenos físicos previamente estudiados y analizados.

Cuando publico pensamientos referentes a Dios y a la biblia, lo hago para mantener viva mi fe y solamente para esto. No es con intención de dar a entender que soy un “santo” ni para tratar de convencer a nadie de lo que dice la biblia. Mi conducta no es la más ejemplar, ni es este el mejor medio para intentar convencer a nadie, aunque lo pretendiese. Además cada quién puede creer lo que sea, o no creer si lo considera conveniente. ¿Y por qué entonces no guardar para mí todo esto? La respuesta es sencilla: si estuviera blasfemando, me escondería para ello. Pero dado que los que blasfeman y maldicen lo hacen en público, ¿por qué habría yo de esconderme para hablar de Dios?